Es interesante lo que me pasó escribiendo el artículo anterior: Me di cuenta que trabajar no es, como dicen los economistas baratos, algo que los seres humanos hagan para cubrir sus necesidades vitales. Aunque tengan las necesidades vitales cubiertas los seres humanos necesitan divertirse, gozar, es decir: trabajar.
Porque el trabajo es la manera en la que los seres humanos transforman la realidad: La construyen o la destruyen, la mejoran o la empeoran... eso ya son juicios morales pero lo que es innegable es que transforman la realidad. Es el equivalente al juego del niño en la infancia. El niño en sus juegos fantasea que transforma la realidad pero el adulto la transforma.
Estos párrafos son para lanzar la reflexión de que el trabajo nunca se va a terminar. El ser humano hizo las pirámides de Egipto, la Catedral de Burgos... no necesitaba para nada hacer estas maravillas. Son obras que costaron una cantidad ingente de trabajo, pueblos enteros casi podemos decir que vivieron para lograr llevar a cabo esas obras entre varias generaciones que morían sin llegar a verlas finalizadas... ¿Quién invirtió en esas empresas? ¿A qué accionista mayoritario le interesaba que se construyera La Alhambra?
Cuando no creamos más en el dios monoteísta, ni en la democracia, ni en el capitalismo y sus empresas codiciosas... cuando no creamos más en la guerra, ni en el estado, ni en la familia... igual tendremos que seguir trabajando. Trabajaremos para saber más, para conocer el universo, para hacer crecer a la humanidad... Porque el ser humano tiene el don de trabajar. Como dice el poema de Menassa: El Trabajo Es Un Don:
En una sociedad justa, el trabajo es un don:
una alegría, un bien, humano propiamente,
con el cual se puede modificar lo natural
la vida, los enjambres de sueños, el sol.
Con el trabajo
el hombre pudo volar sin alas
navegar por la mares sin conocer el mar.
Del árbol
estupefacto de sorpresa ante el hombre
pudo el trabajo arrancar una silla
y de la piedra las señales
que forjan el porvenir del hombre,
su casa,
sus monumentos,
su propia lápida.
2
Quiero que siempre llevéis a vuestro lado
la gubia, la garlopa, el martillo, la hoz,
esas frases que servirán hasta el final,
para limar, las asperezas de la muerte.
Y si alguien os preguntara, para qué tanto,
para qué tanta pasión puesta en el trabajo,
vosotros responderéis, con celeridad:
para nada, trabajamos para vivir la vida
trabajamos
para que en el humano mundo
haya señas de que nosotros estuvimos,
creando y trabajando,
tal vez, en este mundo,
que hicimos un trabajo para vivir,
para amar,
para congelar la propia mirada de la muerte
hicimos un trabajo y escribimos un verso.
(Del libro La Maestría y Yo, editorial Grupo Cero).